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< Antes del Fulgor >

muestra individual en Centro Cultura Recoleta (diciembre 2025 - mayo 2026)

Texto de sala por la curadora Carla Barbero

 

Pensemos por un momento que el cuerpo emocional necesita regenerarse y que Antes del Fulgor se ofrece como un spa sensorial. Una ceremonia silenciosa donde aquello que ingresa está a punto de convertirse en otra cosa. El espacio invita a ampliar la experiencia a través del contacto con una trama viviente que no distingue entre lo natural y lo sintético. Y aunque la propuesta tiene una vocación amable, la escena no deja de ser un enigma.

En las obras de Valentín Asprella Lozano (La Plata, 1986) se habla de materia viviente y no se lo hace por su condición biológica —aunque muchas piezas incorporen tierra, flores, cortezas— sino porque sus materiales participan de la vida como proceso, como interacción, como dinámica de afectación mutua. En esta instalación, las formas bio-sintéticas, los artefactos que evocan organismos, las superficies sensibles al aire y los fluidos que insinúan metabolismos no representan seres naturales: los continúan. Son cuerpos híbridos que comparten un mismo tejido, donde lo orgánico, lo técnico y el ambiente se pliegan en una comunión que vuelve incierta cualquier frontera previa.

En los últimos años, el trabajo de este artista se ha concentrado en los procesos de descomposición y regeneración, una sensibilidad estimulada también por su vínculo con la práctica del paisajismo.

Convengamos que en los ambientes naturales los indicios de mutación afloran con frecuencia: en la tenacidad de la maleza, en el arrojo del agua que no cesa en su corriente, en la inquietud de un hallazgo, o el fétido olor a carne muerta. Desde su vida en el campo, Valentín compone en ese devenir, en la justa tensión entre el deseo de fijar lo vivido y la conciencia de lo fugitivo que resulta intentar atrapar la percepción en una forma. Allí, en esa oscilación, se revela su voluntad.

Antes del Fulgor se organiza como una liturgia. Un ser con cabeza de tronco de Paraíso nos recibe; entre radares que giran captando señales atmosféricas, reposa en el centro de la sala Coso, un gran cuerpo del que parecen pujar fuerzas tan ominosas como fascinantes. La escena combina ceremonia terrestre y rito cósmico, insistiendo en la interdependencia de lo viviente con todo aquello que lo rodea —sea un mineral valioso, un fruto o una manguera— revelando que cualquier elemento, por ínfimo o banal que parezca, puede participar de un mismo continuo de intensidades.

Aquí lo terrestre actúa como memoria activa: la materia recuerda. Y si hay algo sagrado en esta instalación, no remite a una trascendencia lejana sino a algo próximo y radical: la capacidad de las cosas de tocarnos, de amplificar nuestros modos de atención y de hacernos partícipes de un continuo emocional mayor.

 

 

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