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Dispositivo de flujos n°2

Instalación interactiva de sitio específico - San Carlos, Salta, 2024

Instalación en Museo Jallpha Kalchaki en el marco de la residencia Zona

Este ensayo fue una instalación interactiva, donde los visitantes podían activar el dispositivo a partir de una bomba de pie, por una manguera de varios metros, conectada a un balde. El agua circulaba a través de un recorrido sinfín.
Cada elemento que formó parte de la instalación, los recolecté en caminatas por el pueblo, en terrenos baldíos, en el mismo museo, y en derivas por el paisaje.
Día a día intuitivamente fui incorporando los distintos objetos al circuito. La acumulación como capas de una reflexión anticipada, de todo lo que estaba viviendo. A pesar de tener una idea y saber cómo llevarla a cabo, me gusta que de la práctica se desprendan misterios que no puedo predeterminar.
En esos días descubrí que en el pueblo donde monté esta instalación, el agua de red está contaminada y no se puede beber, también resulta que sus ríos principales hace años permanecen casi secos por, entre otras cosas, las desviaciones que hacen algunos cultivos vitivinícolas.
Me gusta pensar que esta instalación además de remover memorias y ayudarme a reflexionar con otrxs, pueda también, como un ritual, ayudar desde un canal sutil a que la problemática del agua en el pueblo tenga una pronta solución.

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Texto de la curadora Maria Montero Sierra sobre estas instalaciones de sitio realizadas por Valentín Asprella Lozano en Residencia Zona

Incidiendo en la llamada a lo vivo, la instalación Dispositivo de flujos nº 2 de Valentín Asprella Lozano es una cápsula poética y conceptual que condensa tiempos pasados, presentes y futuros al interno del custodio museográfico de la región. Las salas que el Museo Jallpha Kalchaki prestó de taller han acogido una instalación in-situ y efímera abierta al público. Retazos del territorio donde se desestabiliza las nociones de materia orgánica, inorgánica, y productos antrópicos como el plástico que empujado a mezclarse “tan naturalmente” con el ecosistema, Asprella celebra, aceptando nuestra incapacidad para zafarnos de sus tiempos futuros infinitos, y asumiendo su materialidad de fósil antrópico futuro. A través de la práctica de caminar el territorio y recolectar aquello que se encuentra, residuos y desechos de esa materia orgánica se conforma lo que podría ser un monumento actual del valle y su gente, así como un mapa de este lugar concreto y tiempo preciso.

Troncos del Árbol, el venerado algarrobo, y de la jume y la brea, ramas y hojas de cactus que rodean este paisaje semidesértico como el cordón o el churqui que van nombrando las ordenanzas Rosana Carral y Justina Escalante mientras les imprimen de vuelta vida a través de historias de remedios y yuyos a lo que parecía muerto. Le acompañan las hojas de la pichana y las cáscaras de cebolla que usó el taller con la maestra Julieta Yañez para producir tintes naturales; la lana de oveja y llama con las que se teje; pezuñas y huesos de animales, como la quijada de vaca. Esta flora y fauna que contiene la obra retratan un paisaje que pareciese atemporal por la carga simbólica, a ojos del occidental casi sublime, pero que en este territorio indígnena que resistió más de ciento cincuenta años la colonización, parece contar otras historias del pasado, el presente y el futuro que han inspirado a Asprella. Y entre medias, como sabía viva, le recorre una manguera verde por la que circula el agua, fuente de vida, contenedor de la memoria de un lugar. La bomba que activa esta instalación interactiva requiere de una intervención del visitante, ejerce de cicerón intencionado, una toma de conciencia, de cómo los seres humanos intervenimos el territorio, a menudo con dañinas consecuencias. La instalación la completa las voces de las copleras Yañez, Jaboco y Gervasia que toman el museo con sus estrofas a las semillas, al agua, y el trabajo, acompañadas de la singular caja chayera. A las paredes, vitrinas y peanas vacías las atraviesan los cantes, las estrofas aprendidas y generadas y los cuerpos de mujer que enuncian su colectividad y disfrute fuera de las cargas de trabajos extenuantes y labores familiares. Valentín recogió estos pulsos naturales, humanos, espirituales en este conjunto sensible y cálido que fue trayendo de a poco la práctica escultórica e instalativa contemporánea al museo arqueológico.

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